Siempre fui una persona que disfruta de perderse, por lo menos unos minutos, mirando el horizonte, la lejanía, lo más remoto a lo que se pueda llegar con la visión.
Aquel día estaba llegando a su fin y me encontré a mi mismo observando el otoñal atardecer desde la terraza donde solemos colgar la ropa para que se seque.
Yo soy de González Catán, localidad humilde y alejada de los flashes de neón, de las luces de la capital. Esta ciudad, o pueblo, o lo que sea, tiene como triste mérito ser el lugar donde tiran todos los residuos que se recolectan por todo el conurbano bonaerense a lo largo de un día. Sí. ¡De tanto acumular y apilar basura, terminaron formando una especie de gran cordón de la misma!.
Y me encontré a mi mismo, asqueado. Asqueado de pensar que aquellas bellas siluetas con forma de sierra que interrumpían mi visión de la puesta del sol no eran nada más que montones y montones de residuos, apilados impunemente y de forma irresponsable por vaya uno a saber quién (o más seguramente, quienes). Más temprano que tarde, una angustia mezclada con un dejo de ira se apoderó de mis pensamientos: ¿como podemos permitir que nos contaminen así, y lo hagan frente a nuestras narices? ¿No sería espectacular que por arte de magia, por alguna reacción química, todas estas "anti sierras" vuelen por los aires?. Me resigné a amargarme por cosas sin solución, como suelo hacer. Bajé las escaleras y me acosté a domir una siesta. No había otra cosa que hacer.
Me despertaron los ruidos de incontables sirenas que avisaban el veloz paso de los bomberos, de los policías, y tambien de las ambulancias. Por el efecto doppler, logré deducir que se estaban dirigiendo hacia el sur. Qué casualidad. Hace solamente un rato estaba con la mirada perdida hacia ese punto cardinal, observando los confines de mi González Catán querido (sentimiento difícil de explicar si los hay... el amor hacia este pueblo). Rápidamente, al levantarme de mi cama y querer prender la luz de mi oscura habitación, descubrí que no tenía electricidad en mi casa. Salí afuera y no vi luz eléctrica alguna; una auténtica boca de lobo. Eso sí, las sirenas se seguían oyendo tan invasivas como hace unos minutos atrás, y un olor indescriptiblemente nauseabundo se apoderaba de mi sentido del olfato.
Instintivamente volví a la terraza, que al parecer, se había vuelto el lugar más trascendente de mi día... Lo que vi no supe (ni sé al día de hoy, que me encuentro escribiendo esta pequeña crónica) si clasificarlo como un alivio, como un sueño cumplido, o como el incio de otro enorme problema para mi amada y castigada zona de residencia.
Hoy, casi dos semanas después, no puedo sacarme de la cabeza la imágen de ese enorme conglomerado de mugre (que supe odiar con especial empeño) completamente comsumido por el fuego. Éste fue causado por una reacción química, esa que yo tanto anhelaba (la basura, al descomponerse, genera gas metano, un gas altamente combustible. Este mismo entró en contacto con vaya uno a saber qué, y este hecho produjo una reacción en cadena), pero este detalle no va al caso. González Catán tuvo que ser evacuado y permanecerá inhabitado por tiempo indefinido, debido a lo tóxico que se volvió el aire luego de la tragedia. Y tanto yo como miles de familias vamos a tener que esperar bastante tiempo para volver a nuestras casas.
Pablo Ojeda. 15/8/33
Me despertaron los ruidos de incontables sirenas que avisaban el veloz paso de los bomberos, de los policías, y tambien de las ambulancias. Por el efecto doppler, logré deducir que se estaban dirigiendo hacia el sur. Qué casualidad. Hace solamente un rato estaba con la mirada perdida hacia ese punto cardinal, observando los confines de mi González Catán querido (sentimiento difícil de explicar si los hay... el amor hacia este pueblo). Rápidamente, al levantarme de mi cama y querer prender la luz de mi oscura habitación, descubrí que no tenía electricidad en mi casa. Salí afuera y no vi luz eléctrica alguna; una auténtica boca de lobo. Eso sí, las sirenas se seguían oyendo tan invasivas como hace unos minutos atrás, y un olor indescriptiblemente nauseabundo se apoderaba de mi sentido del olfato.
Instintivamente volví a la terraza, que al parecer, se había vuelto el lugar más trascendente de mi día... Lo que vi no supe (ni sé al día de hoy, que me encuentro escribiendo esta pequeña crónica) si clasificarlo como un alivio, como un sueño cumplido, o como el incio de otro enorme problema para mi amada y castigada zona de residencia.
Hoy, casi dos semanas después, no puedo sacarme de la cabeza la imágen de ese enorme conglomerado de mugre (que supe odiar con especial empeño) completamente comsumido por el fuego. Éste fue causado por una reacción química, esa que yo tanto anhelaba (la basura, al descomponerse, genera gas metano, un gas altamente combustible. Este mismo entró en contacto con vaya uno a saber qué, y este hecho produjo una reacción en cadena), pero este detalle no va al caso. González Catán tuvo que ser evacuado y permanecerá inhabitado por tiempo indefinido, debido a lo tóxico que se volvió el aire luego de la tragedia. Y tanto yo como miles de familias vamos a tener que esperar bastante tiempo para volver a nuestras casas.
Pablo Ojeda. 15/8/33

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