miércoles, 23 de agosto de 2017

Mil Bicicletas Sobre El Asfalto


No lo dudaron ni un segundo. En un acto que remite a las acciones de aquellos nobles kamikazes que estampaban sus aviones contra el enemigo, el incontable batallón de personas llevó a cabo el plan que el ejército subestimó, al considerar que estos no serían capaces de cometer semejante barbaridad; dar la vida por la lucha de una causa; lo que el sociólogo Émile Durkheim llamaba suicidio altruista.

Eran días tensos. Como ya pasó tantas veces en la historia reciente de la humanidad, las personas se cansaron de soportar las condiciones de vida que se les imponía, y salieron a la calle a demostrar todo el descontento. La reacción del conservador gobierno de las Islas Malandrinas fue un tanto obvia, teniendo en cuenta la orientación política de los principales dirigentes, los encargados de tomar las desiciones importantes. Decretaron el estado de sitio en todo el territorio malandreño.
Historia repetida infinidad de veces. El pueblo tomó este decreto como un desafío, y salió a las calles con más vehemencia que antes. El ejército, cumpliendo su deber, reprimió ferozmente cualquier tipo de manifestación callejera, dejando un saldo de catorce personas muertas a lo largo del día. Esta lamentable situación se mantuvo así durante un par de días más. Ni el pueblo ni el gobierno bajaron los brazos, lo que produjo más y más decesos.

Cuatro días después del infame decreto de estado de sitio, las pequeñas Islas se vieron revolucionadas por un hecho que tomó de sorpresa a todo el mundo. Por la mañana, un pequeño grupo de quijotescos hombres y mujeres, de entre 15 y 40 años aproximadamente, se pusieron de acuerdo y coparon con sus bicicletas (la bicicleta es el medio de transporte más usado en las Malandrinas) la larga ruta principal del archipiélago, determinados a hacer lo que sea para que las descarnadas represalias de la milicia se acaben... Hasta dar la vida si era necesario.
 Con el correr de las horas, lo que al principio era una pequeña manifestación fue sumando más y más adeptos. Por la tarde, ya eran mil los integrantes de este improvisadísimo regimiento, y como armas tenían lo que cada uno de ellos había podido encontrar en sus casas; palos, lanzas, cuchillos, martillos, piedras, escopetas en los mejores casos. Las mil almas esperando a que los cuerpos de gendarmería e infantería se acerquen para vencerlos de cualquier manera posible era una imagen que erizaba la piel de cualquiera.
Y allí fueron, todos juntos; lanzados como en una batalla medieval, a enfrentarse al enemigo. Mientras pedaleaban a toda velocidad, muchos fueron tirados al suelo por las balas de plomo, lanzadas sin escrúpulos por los contrincantes. Otros llegaron a atacar, pero murieron al instante debido a la superioridad numérica del enemigo. Otros fueron apresados y luego ejecutados instantáneamente. En fin. Los mil kamikazes de las Islas Malandrinas murieron, sin quedar ninguno en pie.

Al día siguiente y debido a la repercusión internacional que había tomado el increíble acontecimiento, el gobierno debió dejar el poder y convocar a elecciones.
Ellos sabían que iban a una muerte segura, pero no les importó. Afortunadamente, pueden descansar en paz sabiendo que murieron luchando por algo que finalmente se concretó; y por tal muestra de gallardía, van a quedar para siempre en la historia universal. No hay recompensa más gratificante que esa.

martes, 15 de agosto de 2017

Fuego en las sierras


Siempre fui una persona que disfruta de perderse, por lo menos unos minutos, mirando el horizonte, la lejanía, lo más remoto a lo que se pueda llegar con la visión.
Aquel día estaba llegando a su fin y me encontré a mi mismo observando el otoñal atardecer desde la terraza donde solemos colgar la ropa para que se seque.
 Yo soy de González Catán, localidad humilde y alejada de los flashes de neón, de las luces de la capital. Esta ciudad, o pueblo, o lo que sea, tiene como triste mérito ser el lugar donde tiran todos los residuos que se recolectan por todo el conurbano bonaerense a lo largo de un día. Sí. ¡De tanto acumular y apilar basura, terminaron formando una especie de gran cordón de la misma!. 
Y me encontré a mi mismo, asqueado. Asqueado de pensar que aquellas bellas siluetas con forma de sierra que interrumpían mi visión de la puesta del sol no eran nada más que montones y montones de residuos, apilados impunemente y de forma irresponsable por vaya uno a saber quién (o más seguramente, quienes). Más temprano que tarde,  una angustia mezclada con un dejo de ira se apoderó de mis pensamientos: ¿como podemos permitir que nos contaminen así, y lo hagan frente a nuestras narices? ¿No sería espectacular que por arte de magia, por alguna reacción química, todas estas "anti sierras" vuelen por los aires?. Me resigné a  amargarme por cosas sin solución, como suelo hacer. Bajé las escaleras y me acosté a domir una siesta. No había otra cosa que hacer.

Me despertaron los ruidos de incontables sirenas que avisaban el veloz paso de los bomberos, de los policías, y tambien de las ambulancias. Por el efecto doppler, logré deducir que se estaban dirigiendo hacia el sur. Qué casualidad. Hace solamente un rato estaba con la mirada perdida hacia ese punto cardinal, observando los confines de mi González Catán querido (sentimiento difícil de explicar si los hay... el amor hacia este pueblo). Rápidamente, al levantarme de mi cama y querer prender la luz de mi oscura habitación, descubrí que no tenía electricidad en mi casa. Salí afuera y no vi luz eléctrica alguna; una auténtica boca de lobo. Eso sí, las sirenas se seguían oyendo tan invasivas como hace unos minutos atrás, y un olor indescriptiblemente nauseabundo se apoderaba de mi sentido del olfato.
Instintivamente volví a la terraza, que al parecer, se había vuelto el lugar más trascendente de mi día... Lo que vi no supe (ni sé al día de hoy, que me encuentro escribiendo esta pequeña crónica) si clasificarlo como un alivio, como un sueño cumplido, o como el incio de otro enorme problema para mi amada y castigada  zona de residencia.

Hoy, casi dos semanas después, no puedo sacarme de la cabeza la imágen de ese enorme conglomerado de mugre (que supe odiar con especial empeño) completamente comsumido por el fuego. Éste fue causado por una reacción química, esa que yo tanto anhelaba (la basura, al descomponerse, genera gas metano, un gas altamente combustible. Este mismo entró en contacto con vaya uno a saber qué, y este hecho produjo una reacción en cadena), pero este detalle no va al caso. González Catán tuvo que ser evacuado y permanecerá inhabitado por tiempo indefinido, debido a lo tóxico que se volvió el aire luego de la tragedia. Y tanto yo como miles de familias vamos a tener que esperar bastante tiempo para volver a nuestras casas.

Pablo Ojeda. 15/8/33

El Leviatán Murió

Somos y fuimos miles de millones de personas. Una enorme pelota de vidas, unas más trascendentes que otras. La vida va cada vez más rápido; ...